Nada, ni la pequeña letra de cláusula
en falso contrato
ni la angustia en la mirada
que me sueltas en un dejo de lejanía
ni la atolondrada cabeza con que montan
los andantes el caballo por pascuas
ni el lento arremolinar de tu postiza cadera
minando mi costado por frotar despacio
ni el recitar agónico de los proverbios
o el Eclesiastés que de memoria
aprendimos a tu madre

Nada, ni la fingida carcajada
ni los malos hábitos que trasatlánticos
nos señalan
podrán frenar el duro encuentro
de encontrarnos
desnudos de golpe
asustados como quien no entiende
la mala broma, la gracejada
esperando en la infinita esperanza
que no llegue a tiempo la hora
de amarnos despacio
en un franco ademán desprevenido.