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Poemas de Alfonso Reyes



A cuernavaca
cuando, por veleidad o desaliento,
cedo al afán de interrumpir el cuento
y dar a mi relato algún respiro.


A enrique gonzalez martinez
solicitaron el afán creciente,
de contrastar los usos de la gente
y confundirme con los peregrinos.


Apenas
sube un efluvio del suelo.
De repente, a la callada,
suspira de aroma el cedro.


Ausencias
y en breve trecho me han abandonado,
se deslizan las sombras a mi lado,
escaso alivio a mi melancolía.


Caravana
Entre el arrullo de los órganos de boca
Y colgados los brazos de las últimas estrellas,
Detuvo su caballo.


Consejo poetico
casi tengo el artificio,
cuando se abre el precipicio
de la palabra vulgar.
Las sirtes del bien y el mal,

El descastado
En vano ensayaríamos una voz que les recuerde algo a los Hombres,
alma mía que no tuviste a quien heredar;
En vano buscamos, necios, en ondas del mismo Leteo,
Reflejos que nos pinten la

El llanto

Al declinar la tarde, se acercan los amigos;
pero la vocecita no deja de llorar.
Cerramos las ventanas, las puertas, los postigos,

El mal confitero
Para sola una noche del año,
Sus vides domésticas
Dan un vino claro.


El verdugo secreto
recóndito ladrón que nunca sacio,
a quien suelo ceder, aunque reacio,
cuanto suele pedir tu desenfreno.


Glosa de mi tierra
del valle donde nací:
si no estás enamorada,
enamórate de mí.


Ifigenia cruel
Entre las líneas iguales de tus flancos:
Como plomada de albañil segura,
Y como tú: como una llama fría.


La amenaza de la flor
engáñame y no me quieras.

¡Cuánto el aroma exageras,
cuánto extremas tu arrebol,

La habana
No es Cuba -que nunca vio Gaugin,
Que nunca vio Picasso-,
Donde negros vestidos de amarillo y de guinda
Rondan el malecón, entre dos luces,

La señal funesta
Si te dicen que voy envejeciendo
porque me da fatiga la lectura
o me cansa la pluma, o tengo hartura
de las filosofías que no entiendo;

La tonada de la sierva enemiga
desafinada canción;
canción trinada en sordina
y a hurtos de la labor,
a espaldas de la señora;

Lailye
ya sea en Cuernavaca, ya sea en Tepoztlán?
Juntos recordaríamos aquellas cosas bruscas
del asno, el indio, el loro, la araña, el alacrán . . .


Los caballos
Atados de la argolla y cabezada,
en el patio de coches de la casa,
desempedrando el suelo en su impaciencia
y dando gusto a las rasposas lenguas,

Morir
me siento morir,
cuando en la naturaleza,
toda mansa como jardín.


Para un mordisco
A cada nueva aurora mudaba de colores.

Así es que prefiriera a su rubor primero
El tizne que el oficio deja en el carbonero.

Quedate callado
casi todo sobra y huelga.
De la rama el fruto cuelga
y la rosa del peciolo,
no a efectos del querer sólo,

Sol de monterrey
despeinado y dulce,
claro y amarillo:
ese sol con sueño
que sigue a los niños.

Visitacion
que tan estrechamente me cercara,
al punto de volcarme por la cara
su turbadora vaharada fría.


Yerbas del tarahumara
que es señal de mal año
y de cosecha pobre en la montaña.
Desnudos y curtidos,
duros en la lustrosa piel manchada,

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