Poemas de Gerardo Guinea Diez


La lluvia
Es la lluvia, la hormiga que asciende lenta
en la hoja intemporal;
es la hoja, la lluvia que moja
el negro paraguas;

Que te doy
¿Qué te doy de mi cuerpo?,
prestado a otros cuerpos,a otras vidas.
¿Qué puedo darte de estas frases?,
préstamo de otras.

Raiz del cielo (i)
Honda la mano que no perdió su antiguo ánimo y en el
coraje empuña la espada que hiere al polvo y éste que se
esparce y niega el agua.


Raiz del cielo (ii)
Viva raíz del cielo,
camino abierto a los frutos infames,
a la fuente turbia,
atropello del claro mediodía en Manhattan con mujeres

Raiz del cielo (iii)
Raíz sabia que me engendró en el grano de trigo,
fiesta del polvo salamandra y unos azahares a tiempo,
a la hora del coraje,
vidrio de milagros,

Ser ante los ojos (a mediodia ix)
El ser anida en el hombre y en el joven;
una daga noble —con alma de Toledo
duerme en la esquina del tiempo;
ellos son sueño, vigilia, polvo—,

Ser ante los ojos (a mediodia viii)
El ser,
congregación de nubes en el cielo,
níveo desierto que ordena en fila
las viejas batallas.

Ser ante los ojos (a mediodia x)
Toma de la mano al hombre,
al niño,
a sí mismo;
el tiempo dicta su sentencia:

Ser ante los ojos (a mediodia xi)
El ser y todo yo congregado
en un hondo corredor de espejos
donde los sueños preceden al canto
y al ingenuo entusiasmo de los hombres;

Ser ante los ojos (a mediodia xii)
Y esas osamentas,
árbol de noche,
traman entre los péndulos de la voz,
la más antigua,

Ser ante los ojos (al amanecer i)
Un hombre sueña,
deambula en el filo de la banqueta
del mundo;
aún es niño,

Ser ante los ojos (al amanecer ii)
El ser
resguardando lo verdadero
y falso de nuestros espejos,
ánimas desolladas por las hendeduras

Ser ante los ojos (al amanecer iii)
El hombre, creyéndose niño,
camina a la orilla del precipicio
y se lanza en pos del viento,
el que tiene forma de barrilete,

Ser ante los ojos (al amanecer iv)
El ser
despojándose de su tintura,
de su codicia,
de su apetencia;

Ser ante los ojos (al amanecer v)
Frente a él descubre que dejó de ser niño
y el hombre, frente al niño,
entiende que se volvió espejo,
y el ser reclama al hombre y al niño toda la

Ser ante los ojos (al amanecer vi)
El niño está feliz,
las manos de su madre,
tibias, calientitas,
lo llevan por los rumbos

Ser ante los ojos (al amanecer vii)
El ser y un oleaje que sube,
desde las paredes de la vieja casa,
que sube, hasta las aturdidas torres,
sitio de vigías y adormilados hombres

Ser ante los ojos (al atardecer xiii)
El ser ha llegado, por fin,
al umbral de los días nuevos,
en su rostro se dibuja la
ebriedad de la muerte,

Ser ante los ojos (en el umbral)
El ser
y todo el yo congregado,
en la orilla del fin de siglo,
en la pupila de un niño



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