Poemas de María Sanz


A quien sabra perderme y acabarme
Aunque siempre viviste
con préstamos de amor, por cuenta ajena,
tú también necesitas
mirar alguna vez la luna llena

Alborada
Tristes mis ojos, triste la alborada,
triste porque mi cuerpo se despoja
del tuyo, despertar donde se aloja
toda la soledad inexplicada.

Alguien que no soy yo
Alguien que no soy yo lleva la cuenta
de las horas felices, de las tardes
en que tuvo al amor como aliado,
de las noches libradas cuerpo a cuerpo.

Corral de los olmos
Tarde será cuando tu voz se filtre,
almuédano, a través de estas paredes.
Tarde será, porque la nada lenta
y descarnadamente habrá vencido

Del propio ser
Es la segunda vez.
Como temblor de muerte,
azul de despedida,
sendero para un viento que destierra.

Duro es sentirse humana...
Duro es sentirse humana a cada instante,
cuando se cruzan límites amargos
y hay que volver al punto de partida,
verso tras verso, con las alas rotas.

El hombre que resiste
El hombre que resiste
es menos infeliz, acusa poco
la llegada del mal a sus dominios,
ignorando si hay viento

El muro
Cada día renace tu esperanza,
tras unos golpes secos contra toda
su inútil e invisible consistencia.
Cada noche lo ves más elevado,

En la morada de la luz escribo...
En la morada de la luz escribo,
con una transparencia contenida
que me hace hueco, que me desenvuelve
de tanta noche cruel y su amenaza.

Memoria de veruela
Los árboles entonan su nostalgia
al compás de la brisa,
mientras Gustavo Adolfo se pregunta
por qué marchar, si nadie,

Moradas sextas
«... Si no hubiera más luz interior, no
entendiera tan grandes misterios.»


Muchacho fugaz
Recuerdo que era invierno,
que los almeces iban cobijando
mi vuelta a casa, y que me seguía
un muchacho. Jamás supe quién era.

Nadie te ha dado nada
Nadie te ha dado nada, tú lo sabes.
Y lo entiendes mejor cada mañana
cuando abres tu vacío a los primeros
rayos del sol. Entonces agradeces

Tu y yo nos encontramos...
Tú y yo nos encontramos
en Washington Square.
Me invitaste a cenar
en un club, y la orquesta

Un remanso del arno
Al llegar a Florencia, se entrelazan
luminosos recuerdos con vivencias
de cercana ebriedad. Transcurre el día
plasmado en asimétricos espejos



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