RESUMEN DE LA OBRA LITERARIA "LAS AVES
- Aristofanes -
Argumento de "Las aves", libro de Aristofanes.
La obra nos presenta a dos ciudadanos atenienses, Evélpides y Pistetero, quienes hartos de desórdenes, de pleitos, cávalas e intrigas, huyen de Atenas y se encaminan al país de las aves en busca de la morada de terco la Abubilla, quien fue transformado en ave. 

Cada uno lleva en la mano un ave, las cuales les han sido vendidas por Filócrates y, según este, éstas los llevarán hasta donde ´Tereo. 

Evélpides lleva un grajo; Pistetero una corneja.  Ambos emprenden este viaje para buscar un país libre de pleitos, donde pasa tranquilamente la vida; por eso se dirigen donde Tereo la Abubilla, para preguntarle si en las Comarcas que han recorrido volando, ha visto alguna ciudad como la que ellos desean. 

Tereo fue rey de Tracia antes de ser transformado en Abubilla, por eso es que hay muchas aves que como esclavos están a su servicio. 

Cuando encuentran a la Abubilla, esta los interroga; sin perder tiempo, Evélpides le responde, que así como él cuando fue hombre, tenía deudas, y no gustaba de pagarlas, así mismo ellos se hallan en la misma situación. 

LAS AVES - AristofanesLe suplican que les indique alguna pacífica ciudad donde poder vivir blanda y sosegadamente, como él, que se acuesta sobre mullidos cojines. 

La Abubilla les propone la costa del Mar rojo, Lepreo u Opuncio, pero una a una van siendo desechadas por los forasteros. 

Es entonces que Pistetero le propone a la Abubilla la construcción de una ciudad en los aires y que así podrían gobernar sobre los hombres;

esta idea entusiasma al ex monarca, le dice además que podrá cobrar tributo a los hombres cuando estos hagan sacrificios a los dioses, ya que si estos no quisieran pagar, ellos estarían en condiciones de impedir que el humo de las víctimas atraviese la ciudad de ellos, que estaría ubicada entre el cielo y la tierra.

Aceptada por la Abubilla la construcción de una ciudad en los aires, convoca a una asamblea de todas las aves que, acudiendo en gran número, se preparan en un primer momento a embestir y despedazar a los temerarios mortales que han osado penetrar en sus dominios;

calmados por al Abubilla, transformase pronto su furia en indescriptible entusiasmo, cuando Pistetero desenvuelve su plan para devolver a los volátiles el cetro del mundo, que antes les había pertenecido. 

Los dos atenienses son naturalizados inmediatamente y convertidos en pájaros.  La nueva ciudad llamada Nefelecocigia (que significa ciudad de las nubes y los cucos), es construida en un abrir y cerrar de ojos, y dos embajadores son enviados al cielo y la tierra a informar sobre la creación de la nueva ciudad y las condiciones de los que la gobiernan.

Apenas se empieza a ofrecer el sacrificio de consagración, acuden a Nefelecocigia toda clase de gente: un pobre poeta que versifica hermosos ditirambos y partenias (llamábanse así a los versos cantados por coros de doncellas) en honor de la nueva ciudad para conseguir un manto y una túnica; Pistetero se los da con tal de que se vaya; un adivino cargado de oráculos se presenta solicitando ciertas dádivas, pero es echado malamente pro Pistetero; luego aparece el geómetra Metón que pretende medir las llanuras aéreas, y dividirlas en calles pero Pistetero lo echa a golpes. 

La misma suerte corren un inspector y un vendedor de decretos en castigo por su impertinencia.  Iris, mensajera de los dioses, es hecha prisionera  al intentar atravesar los aires; sometida a un apremiante interrogatorio, se ve obligada a manifestar que su padre Júpiter le ha encargado ordenar a los hombres, que ofrezcan víctimas a los dioses del Olimpo; que inmolen bueyes y ovejas, y llenen las calles con el humo de los sacrificios.

Iris tiene que retirarse mal parada, oyendo de boca de Pistetero, que no hay más dioses que las aves, y que el paso a través de la nueva ciudad queda prohibido hasta nueva orden a las divinidades olímpicas. 

Presentase después el heraldo de Pistetero a la tierra, anunciando que los hombres han decretado una corona de oro al fundador de Nefelecocigia, y que las aves se han puesto de moda, y hacen tal furor en Atenas, que pronto se verá llegar una multitud ornitomaníaca pidiendo alas y plumajes. 

La manía por las aves es tan grande, que muchos lleven nombre de volátiles: Un tabernero cojo, lleva el nombre de perdiz; Menipo, el de golondrina; Opuncio (contemporáneo de Aristófanes), el de cuervo tuerto; Filocles el de alondra; Teógenes (ciudadano ateniense que junto con Esquilo se jactaba de tener riquezas, siendo paupérrimos), el de ganso-zorro; Licurgo el de ibis; Querefón el de murciélago; Siracosio el de urraca, y Midias se hace llamar codorniz.  No tarda, efectivamente, en presentarse un joven con intentos parricidas, que recibe entre equívocos y chistes, consejos prudentísimos y, a cual siguen Cinesias, poeta ditirámbico, ganoso de atrapar entre las nubes las sublimes variedades de sus versos, y un sicofanta o delator, que, así como el poeta, lleva con una paliza su justo merecido. 

Prometeo, que llega después de un momento, revela a Pistetero el hambre canina que aflige a los dioses; ya que desde que se ha fundado Nefelecocigia ningún mortal ofrece ya sacrificios a los dioses y que no sube hasta ellos el humo de las víctimas. 

Le asegura además que pronto bajará hasta él una embajada de Júpiter; pero que él no debe pactar mientras Júpiter no restituya el cetro a las aves y no le dé por esposa a una hermosa doncella llamada Soberanía.  Pisteteros cree en todo lo que Prometeo le dice ya que éste siempre ha querido a los hombres (Prometeo regaló el fuego a los hombres, incurriendo por esto en el enojo de Júpiter). 

Prometeo se retira con todo tipo de precauciones para no ser visto por Júpiter.  Una embajada, compuesta por Neptuno, Hércules y un Tribalo (dios bárbaro), presenta por fin sus proposiciones a la gente alada y, vencidas las dificultades, se estipula  la paz y el paso libre por Nefelecocigia, con la condición de que Júpiter entregue su cetro a las aves, y a Pistetero, la mano de Soberanía.  La comedia concluye, como en “La Paz”, con un jubiloso canto de Himeneo.