Sobre el musgo peinado,
sobre la losa negra
que confirma tus pasos,
mira el tendón del agua,
el relieve fluyente
que tira de la orilla y de los juncos
palidecidos, donde el agua
huye de sí, en el umbral
del remanso, de su negrura
tibiamente limosa. Van
por el río tus ojos, por su piel ocelada,
entre motas de luz
que enmadejan el aire,
y su fluir revela
las formas de la calma, el molinillo
de plegarias del día, el hila que te hila
de la contemplación más pura,
cuando nada se espera,
cuando mirar es sólo
subida a otro mirar, ahora,
en un tiempo anterior a la mirada.