La voz, como lluvia de plata para dejarte entrever los delicados
amores
que mantiene desde hace siglos, la luna crecida de abril con el
ámbar ruso.

El talle de primavera que inundara tus brazos con flores de
almendro;
la piel, de paloma, y que al deslizarte por mi cuerpo creyeras
estar amando al sueño más puro de la nieve...
¡Ojalá mis ojos fueran como los de una corza herida para que
tú, noble cazador altivo, quedases prendado de ellos!

Y mi pensamiento, nácar blanquísimo para que lo supieras
siempre cercano a ti
hasta en la oscuridad de estos terribles días sin alba.