Ha llegado la noche para todos:
yo reclino mi frente en esta piedra,
donde los siglos, ciegamente, pasan,
mientras fulgen, arriba, las estrellas.
Entre duros peñascos me arragazan
los brazos maternales de la tierra.
Soy un hombre desnudo. Hoy he nacido,
como una larga luz, en su corteza.
Ni me muero, ni sueño. Abro los ojos
y, extiendo mis manos verdaderas,
toco el origen de mi ser humano,
el vientre elemental que me naciera.
Y, en la frente, la roca, su llamada,
la vida en destrucción que, ardiendo, espera
la voz de Dios que, sobre el mundo, clama
y se rompe, temblando en las estrellas.