Conduciendo el automóvil por la carretera, en medio de la
noche
la luz de los focos abriendo la noche, rasgando las tinieblas
como una navaja, sobre el asfalto negro
las señales indicadoras a los lados del camino, gigantescas
luciérnagas
de electricidad, brotan los amarillos, los verdes, los rojos
nada se distingue en torno del automóvil que cruza solitario
devorando millas a su paso como un león sobre una alfombra
fosforescente
ocurren los accidentes menores, aquéllos en los que ningún
humano sale herido
atropellar un perro, un pájaro que se estrella contra el
parabrisas
pero ningún gato, yo he visto morir seres queridos casi en
mis brazos
he sentido el sabor de la muerte en mi taza, yo he visto
el sufrimiento
más severo, el daño más cruel, el dolor más intenso
eclipsados por la resignación y la paciencia, eran mis
bienaventurados,
pero ningún gato, he visto caballos destrozados al borde
de la carretera
disputados por perros salvajes, he visto ovejas rojas
cerca de tajamares,
y cuerpos desconocidos rebotando en el cemento
pero ningún gato, no siento nada especial en cuanto a los
gatos
pero siempre me he preguntado adónde van a morir
porque nunca he visto un gato muerto. Yo que duermo con
estertores
finales en mis oídos, yo que he conocido el amanecer cara a
cara
con la muerte, yo que he lavado, con el puñal del último
suspiro,
el cadáver más querido, yo que cerré ojos para siempre como
si fueran
mis ojos, yo que nací sin hermanos que me abrazaran para
consolarme
y ningún gato, ninguno, he visto muerto
estoy por creer que las siete vidas fue un regalo divino
que Dios consideró no merecíamos.