Te escribo Fabián nuevamente
sorprendido
por tu ultima carta.
En ella me preguntas,
-ya sé que molesto- ,
por Aurora,
la abogada.
Y no sé que decirte,
viejo amigo.
No sé si Aurora se ha muerto.
Lo cierto es que está perdida,
desaparecida de mi vida por completo.

Ya sabes, Fabián, que nunca la he echado de menos.
Es más, te digo , que casi la desprecio.
No soportaba más sus guisos, su potajes, sus anhelos.

La última vez que cenamos
casi me indigesto con sus besos,
-ya ni te cuento
el mal sabor de boca que me dejaron sus versos-.

Sé que tú la quieres.
Sabes que yo la temo.
Me alegro,
por tanto ,
de verla pocas veces,
-las menos que puedo, lo confieso-.

Aun así te digo
que, de vez en cuando, aún me acuerdo
de su cara,
de sus pechos,
de sus pubis pelado como un huevo.

Y te aseguro , viejo amigo, que tengo arcadas
cada vez que lo pienso.

Creo que exageras cuando dices
que Aurora era una ninfa, una diosa, una delicia.
El tiempo
-tan tenaz-
pone las cosas en su sitio
y no encuentro razones suficientes
que me hagan pensar que me equivoco
cuando invoco
su desidia,
su risa petulante,
su mal carácter,
su perfil desnudo,
indefinido.

Al hilo de estas cosas
se me ocurre que deberías buscarla
si es que tanto te enamora.
Nunca es tarde,
amigo Fabián.
Tú verás lo que haces.
Yo te advierto,
amigo mío ,
que es mejor el onanismo a cualquier hora
que una tarde de domingo con Aurora.

De todos modos ya sabes que yo tolero
poco las mentiras, los engaños
y ya no soportaba por más tiempo
tanta estridencia nutritiva,
tantos apaños que ella hacía por parecerse a Marilín,
la peluquera.
No aguantaba ni un minuto
sus eructos,
su desgana,
su compostura inútil.
su cara de aceituna y su arrogancia.

Esperaba verla muerta cualquier día
y ganar así la recompensa
de su pésima filosofía.

No fue posible.
No sabes cuánto lo lamento.