El joven seminarista Luis de Vargas, de 22 años de edad, hijo único del rico hacendado don Pedro, desde niño se ha educado en la ciudad bajo el cuidado y buen ejemplo de su tío, deán de la catedral.

Luis, seguro de su vocación sacerdotal y muy animado por la fe y entusiasmo con que piensa llevar a cabo su labor misionera en el lejano Oriente, predicando el Evangelio entre los infieles, espera con devoción el día, próximo ya, en que deberá pronunciar sus votos.

Convocado por su padre para que pase con él unas breves vacaciones antes de recibir las órdenes eclesiásticas, retorna a su pueblo natal, donde conoce a Pepita Jiménez, una joven viuda de 20 años, de gran belleza y piedad, a quien corteja don Pedro, hombre ya de 55 años.

Pepita se había casado a los 16 años de edad con un tío suyo octogenario. Viuda antes de los 19, desde entonces había llevado una vida honesta, dedicada a su casa y a obras de caridad.

El trato asiduo entre el futuro sacerdote y Pepita anima y colorea la gris existencia de aquél, quien siempre había vivido entre libros, místicos y teólogos; pero también lo atormenta, pues le va creando graves sentimientos de culpa.

El joven acompaña a la viuda en sus paseos por el campo, asiste a reuniones en su casa y, poco a poco, surge en ambos una gran pasión, sin que él la estimule ni desee y a la cual primero opone resistencia, pues la considera pecaminosa.

RESUMEN  PEPITA JIMENEZ - Juan ValeraConforme pasa el tiempo, su amor por Pepita se hace más fuerte que su vocación religiosa y el respeto a su padre, de quien no quiere ser rival.

Para sofocar esa pasión, Luis piensa en alejarse de la joven y regresar junto al deán, su tío, lo más pronto posible.

Cuando Pepita, que lo ama, se entera de su próxima partida, enferma de congoja y melancolía.

Él, para consolarla y que no desespere, se arma de valor y va a verla, tratando de que sólo sea "una visita de despedida".

Dialogan extensamente, ella depone todo orgullo y sutilmente le declara su amor, orillándolo a hacer lo mismo.

Al fin vence la pasión de ambos. Pepita se le entrega y Luis acalla sus últimos escrúpulos.

Desde ese momento, el joven se abandona con ardor y por completo a este sentimiento nuevo para él. Luego de vencer otras luchas interiores, finalmente resuelve enfrentar a su padre para confesarle su decisión de abandonar la carrera eclesiástica y su amor por Pepita.

Don Pedro reacciona como Luis nunca había imaginado, pues le revela que ya estaba en conocimiento de los hechos a través de una carta enviada por su hermano el deán, y añade que sus deseos son que ese amor prospere.

"Sueño ya con verte casado", le dice. Y, efectivamente, al mes justo de esta plática entre padre e hijo, se celebra la boda de Luis de Vargas con Pepita Jiménez, para gran beneplácito de todos.

Libros relacionados